
Un viaje de tres días que demuestra que el PuntApunta no se entiende por sus kilómetros ni por sus etapas, sino por todo lo que ocurre entre medias: las personas, las historias y la forma en la que la carretera une a cientos de motoristas en una misma experiencia
Hay momentos concretos que terminan definiendo un viaje entero. A veces no es el paisaje más espectacular ni la carretera perfecta. Puede ser una conversación en una gasolinera, una comida improvisada en mitad de una ruta o simplemente esa sensación de quitarte el casco al final del día y darte cuenta de que has vivido algo especial.
Eso es exactamente lo que me ocurrió durante el PuntApunta 2026.
Antes de vivirlo desde dentro, es fácil pensar que el PuntApunta es únicamente una enorme concentración de motos cruzando España. Cientos de participantes, muchas BMW GS, carreteras espectaculares y varios días de ruta. Y sí, sobre el papel todo eso está ahí. Pero la realidad es bastante más difícil de resumir.
Porque el PuntApunta no va realmente de motos. O al menos no solamente.

Va de personas que entienden exactamente por qué merece la pena madrugar para ponerse un casco durante diez horas seguidas. Va de compartir curvas con desconocidos que, a las pocas horas, parecen compañeros de viaje de toda la vida. Va de cansancio, de lluvia, de gasolina, de sobremesas interminables y de esa mezcla constante entre aventura e improvisación que solo aparece cuando haces muchos kilómetros sobre dos ruedas.
La experiencia empezó incluso antes de la salida oficial
Arrancamos desde Madrid un día antes, directamente desde la sede de BMW Motorrad España, afrontando una primera jornada de más de 600 kilómetros de autovía para llegar hasta el inicio del evento. Por suerte, no iba solo, me acompañaba una preciosa R18 Transcontinental.

Antes de arrancar la primera etapa entre Estepona y Granada, decidimos montar un roadbook digital (en una GS que nos acompañaba) para seguir toda la ruta, aunque perfectamente podríamos haberla hecho con el clásico roadbook en papel, como de hecho seguían haciendo muchísimos participantes. Y esa mezcla entre tradición y tecnología también forma parte del espíritu del PuntApunta.
Y aunque ya habrá tiempo de hablar de la nueva BMW R 1300 RS (porque casi 2.000 kilómetros dan para conocer muy bien una moto y muy pronto publicaremos su prueba completa en Motosan) este artículo no pretende centrarse en eso.
Aquí no vengo a hablar de cifras, prestaciones ni electrónica.
Quiero hablar de lo que ocurre alrededor del viaje.
De las carreteras de Málaga llenas de curvas y pueblos blancos.
De un filete empanado gigantesco que apareció después de un atasco absurdo junto a un autobús.
De cruzar la Sierra de Cazorla completamente empapados bajo la lluvia.
De un bocadillo de jamón y queso a las cuatro y media de la tarde que supo mejor que muchos menús de restaurante.
De gasolineras colapsadas por cientos de motos.
De entrar a rodar en circuito sin esperarlo.
Y de terminar el viaje frente al mar, en Gandía, alrededor de un ‘arroz del senyoret’ mientras todos repetíamos la misma frase:
“Esto hay que volver a hacerlo”.
Porque quizá esa sea la mejor forma de definir el PuntApunta. No como una ruta organizada. Sino como una experiencia capaz de recordarte por qué empezaste a amar las motos.
Primera etapa: Málaga y la sensación de que el viaje ya merece la pena
La salida desde Estepona ya dejaba claro el nivel del evento. Mires donde mirases había motos. Principalmente BMW GS, sí, pero también RT, XR, naked, sport turismo y prácticamente cualquier tipo de moto imaginable. Lo más curioso es que, en cuestión de minutos, desaparece esa sensación de “evento enorme” y todo empieza a sentirse mucho más cercano.

La primera etapa hacia Granada fue una auténtica maravilla para cualquier amante de las curvas.
Las sierras de Málaga tienen algo especial cuando se recorren sobre dos ruedas. Carreteras estrechas, cambios constantes de ritmo, pueblos blancos escondidos entre montañas y paisajes que obligaban a levantar la vista continuamente del asfalto. Había tramos donde costaba decidir qué apetecía más: enlazar curvas o parar simplemente a mirar alrededor.
Además, durante las tres jornadas coincidimos muchísimas veces con un grupo de BMW R 18 que terminó convirtiéndose en una de las mejores partes del viaje. Más allá de lo llamativas que eran aquellas motos, lo mejor fue la gente. Nos contaron un montón de curiosidades sobre sus peculiares boxer gigantes, sobre cómo viven ese tipo de moto tan diferente al resto de la gama BMW y, sinceramente, eran gente de puta madre. De esas personas con las que conectas rápido simplemente por compartir carretera.

Y como suele pasar en los mejores viajes, uno de los recuerdos más divertidos llegó sin estar previsto.
En uno de los estrechamientos de la ruta se formó un pequeño caos con un autobús; el tráfico quedó detenido. Allí parados nos dimos cuenta de que había un pequeño bar justo encima del estrechamiento de la carretera. Lo que podría haber sido un momento incómodo terminó convirtiéndose en una de las mejores anécdotas del viaje: acabamos subiendo a aquel restaurante de carretera donde apareció un filete de pollo empanado gigantesco, de esos que llegan a la mesa y automáticamente hacen callar a todos los comensales en segundos.
Sinceramente, todavía sigo pensando en aquel “cachopo”.
La llegada a Granada tuvo ese ambiente tan particular que aparece después de muchas horas de moto. Cascos apoyados en cualquier rincón, grupos comentando la etapa, gente comparando rutas y neumáticos mientras cae la tarde y, sobre todo, esa sensación de cansancio agradable que solo entienden quienes viajan mucho en moto.
La cena fue simplemente perfecta. Tranquila, relajada y llena de historias compartidas entre personas que apenas unas horas antes ni siquiera se conocían.

Segunda etapa: Cazorla, lluvia y uno de los mejores bocadillos del viaje
El segundo día amaneció con una de las rutas más espectaculares de todo el recorrido: atravesar la Sierra de Cazorla camino de Albacete. Y hay que decirlo claramente: pocas carreteras resumen tan bien lo que significa disfrutar conduciendo una moto.
Curvas constantes, paisajes inmensos, bosques, montaña y una sensación permanente de estar completamente desconectado del mundo. Durante muchos kilómetros únicamente existían el sonido del motor, el siguiente viraje y el paisaje apareciendo detrás de cada curva.
Hasta que llegó la lluvia. Y llegó de verdad.

En pocos minutos pasamos de rodar disfrutando del paisaje a hacerlo empapados. El ritmo bajó, el asfalto cambió y la concentración aumentó muchísimo. Pero, curiosamente, nadie parecía perder la sonrisa. Porque incluso bajo la lluvia, la Sierra de Cazorla seguía siendo espectacular.
De hecho, probablemente esa mezcla entre frío, agua y curvas hizo que todo se sintiera todavía más auténtico. Y entonces apareció uno de esos momentos pequeños que terminan convirtiéndose en un recuerdo enorme.
Después de aquella lluvia llegó además una de las situaciones más tensas y divertidas de todo el viaje. Varias de las gasolineras que teníamos previstas en ruta estaban cerradas y empezamos a quedarnos sin margen. Pasamos por dos o tres estaciones de servicio sin poder repostar y, de repente, la autonomía empezó a caer peligrosamente.

Al final tuvimos que hacer auténticas maravillas para llegar a la siguiente gasolinera: modo ECO, conducción suavísima, evitando acelerones y mirando constantemente la autonomía restante. Terminamos llegando literalmente con 0 kilómetros de autonomía marcados en el cuadro. Fue uno de esos momentos en los que te ríes, pero solo cuando ya has conseguido repostar. Y sinceramente, esa mezcla entre improvisación, tensión y aventura forma también parte de lo que hace especial al PuntaApunta.
Eran cerca de las cuatro y media de la tarde. Llevábamos horas sobre la moto, mojados y cansados, cuando tuvieron el detalle, en un bar cercano a la última gasolinera donde habíamos repostado, de prepararnos unos bocadillos de jamón y queso acompañados de una Coca-Cola helada.
Puede sonar exagerado, pero en aquel momento aquello supo increíble.
Seguramente cualquier motorista que haya hecho viajes largos entenderá perfectamente lo que quiero decir. Hay comidas que se recuerdan no por lo sofisticadas que son, sino por el momento exacto en el que llegan. Y aquel bocadillo entró directamente en esa categoría.

Tercera etapa: circuito, Mediterráneo y el sabor de terminar algo especial
La última etapa entre Albacete y Gandía tenía ese ambiente extraño que aparece cuando sabes que un viaje está llegando a su final. Por un lado, el cuerpo empezaba a notar el cansancio acumulado después de tantos kilómetros. Pero, al mismo tiempo, nadie quería que aquello terminase todavía.
Y entonces llegó otra sorpresa inesperada.
Gracias a la organización tuvimos la oportunidad de entrar a rodar en circuito, algo que sinceramente pocos esperábamos encontrar dentro del PuntApunta. Después de tantos kilómetros de carretera abierta, poder disfrutar de una vuelta en pista junto a otros participantes fue una experiencia completamente distinta y tremendamente divertida.

Fue también una demostración del enorme trabajo que hay detrás del evento. Porque mover semejante cantidad de motos durante varios días, mantener horarios, coordinar rutas y además ofrecer experiencias así tiene muchísimo mérito.
La llegada a Gandía fue especial. No solo porque significaba completar el recorrido, sino porque empezaba a aparecer esa sensación de nostalgia incluso antes de terminar el viaje. Y como cualquier buena historia mediterránea, todo terminó alrededor de una mesa.
Después de dejar las motos aparcadas y quitarnos por fin el equipamiento, acabamos disfrutando de un auténtico arroz del senyoret frente a la costa valenciana. Y, honestamente, pocas formas mejores se me ocurren para cerrar una aventura así.

Mientras mirábamos el mar, comentábamos anécdotas y repasábamos momentos del viaje, todos compartíamos la misma sensación: habían sido solo unos días, pero daba la impresión de haber vivido muchísimo más.
Mucho más que motos
Si algo me llevo de este PuntApunta 2026 no son únicamente las carreteras espectaculares ni los kilómetros recorridos.
Me llevo el ambiente.
La atención constante del staff de BMW.
Las conversaciones improvisadas en cada repostaje.
Las gasolineras completamente abarrotadas de motos.
Las toallitas limpia-cascos de Wunderlich salvándonos después de horas de lluvia y bichos.
La presencia continua de marcas como Dunlop España acompañando el evento.
Y, sobre todo, la sensación de comunidad que aparece cuando juntas a cientos de personas que entienden exactamente la misma pasión.

Porque al final, el PuntApunta no se recuerda únicamente por las rutas. Se recuerda por cómo te hace sentir mientras las recorres.
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