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Uganda en 250cc: Donde el asfalto termina y empieza la supervivencia

27 Mar. 26 | 18:15
Foto: Andrius Česnauskas

Para Andrius Česnauskas, la vida se mide en kilómetros de autenticidad. Tras recorrer Islandia, Pakistán y el Magreb, su búsqueda de una «África sin pulir» lo llevó a un destino que no figuraba en los catálogos habituales de alquiler de motos: Uganda. Junto a tres amigos, se embarcó en una expedición de 12 días que pondría a prueba no solo su pericia al manillar, sino también su paciencia mecánica

Lejos de las flotas relucientes de los tours organizados, el grupo terminó heredando un cuarteto de máquinas castigadas por el tiempo: dos Honda CRF250, una Kawasaki 250 y una Suzuki DR-Z 250. Eran motos que habían visto tiempos mejores y que obligaron al equipo a aceptar una condición innegociable de la empresa local: que un mecánico los acompañara en el trayecto. Aunque al principio su orgullo de viajeros experimentados les hizo dudar, al caer el primer sol agradecieron su presencia. Cables de embrague rotos, pinzas de freno desprendidas y portaequipajes que necesitaban soldaduras de emergencia se convirtieron en la banda sonora técnica de su viaje.

Foto: Andrius Česnauskas

El recorrido de 2.000 kilómetros fue una inmersión cruda en el ecosistema africano

A diferencia de los safaris convencionales protegidos tras cristales reforzados, los lituanos vivieron el entorno como parte de la cadena trófica. Conducir entre jirafas, elefantes y búfalos sin más barrera que el aire polvoriento les regaló una sensación surrealista de libertad, solo limitada por la lógica prohibición de entrar en parques dominados por leones. El terreno no dio tregua: 800 kilómetros de grava y offroad puro donde las gastadas suspensiones de 250 cc hacían que mantener la velocidad fuera una utopía, obligándolos a saborear cada bache del perímetro ugandés.

Más allá de la mecánica, el viaje fue un choque cultural profundo

En el remoto norte, el contraste de la pobreza extrema dejó huella incluso en sus guías locales, mientras que en las paradas improvisadas para comer, la higiene sorprendió gratamente al grupo. Andrius y sus amigos viajaron todos con mochilas Kriega (TRAIL18 y R30), además de bolsas impermeables US-Drypacks. Entre platos de cabrito hervido, puré de plátano y la omnipresente Coca-Cola —que llegaba incluso donde no había carreteras—, descubrieron la hospitalidad de un pueblo curioso. Sin embargo, la verdadera «ley de la selva» la encontraron en el asfalto: un caos circulatorio donde el vehículo más grande siempre tiene la prioridad y donde un camión de frente es una orden directa de salir de la calzada.

Al final, la expedición de Andrius y sus amigos no fue solo un viaje en moto, sino una lección sobre la resiliencia y la confianza. Uganda les demostró que, cuando se busca la esencia de un país, los problemas mecánicos y las carreteras imposibles no son obstáculos, sino el tejido mismo de la aventura. Porque, como bien dice el lema de Česnauskas, la vida es corta y nunca sabes cuánto tiempo te queda para explorar lo que hay más allá de los límites establecidos.

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