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Lawrence de Arabia y las hijas del trueno

1 Oct. 19 | 16:00
Lawrence de Arabia
Imagen: Macadán Libros
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«Kevin Schwantz y yo chocamos muchas veces, pero casi nunca sin querer« – WAYNE RAINEY
Editor de Motosan.es – Life is Racing
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Si os hablo de Thomas Edward Lawrence, pocos sabréis quien es. A no ser que seas un buen conocedor de la historia contemporánea de nuestra civilización, es difícil identificar a este personaje inglés. Consiguió sus mayores hazañas como emisario en la unión entre los pueblos de oriente medio a principios del siglo pasado, durante la Primera Guerra Mundial. T.E. Lawrence fue el conocido Lawrence de Arabia.

Fama y gloria

Fue un personaje llevado al cine en los años 60 y todo un héroe imperfecto de la Inglaterra por la que se sintió traicionado, pero con la que se sintió ligado hasta el final de sus días. Sin embargo, por encima de ser oficial del ejército británico, por encima de sus estudios arqueológicos y por encima de su enigmático carácter solitario, Lawrence era un amante de las motos y de la velocidad. Gracias al libro “Lawrence de Arabia y las hijas del trueno” descubrí que esta pasión que tenemos por las motos se remonta al tiempo en el que Daimler puso motor y dos ruedas a la primera motocicleta. 

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Foto: Macadán Libros

Pasión por las motos

Cuando me regalaron este libro, esperaba un libro más enfocado a la moto, más que a una fase de la vida de T.E Lawrence. El libro es una recopilación de su correo personal con amigos, escritores o personajes políticos de la época. Gracias a su papel durante la guerra, tuvo estrecha relación con ellos. Sin embargo, las pequeñas pinceladas sobre cómo describe el compromiso con sus motos, resulta conmovedora

Él era un fan incondicional de las Brough Superior. Esta era la mítica marca inglesa de lujosas motos, muy por encima en prestaciones, acabados y costes respecto sus rivales contemporáneas. Rápidamente fueron apodadas como las Rolls Royce de las motos. Y cierto es que, según las describía Lawrence, eran lo mejor de su época, con mucho. Esta pasión por las Brough Superior, hizo bautizarlas con un curioso nombre: Boanerges. Palabra aramea, con la cual se describían en la biblia a los “hijos del trueno”, que no eran más que los apóstoles Juan y Santiago, hermanos y muy de embocar la cólera del altísimo en forma de rayos y truenos, en cuanto alguien  se oponía en su camino. 

Sus hijas del trueno

Boanerges fueron todas sus Brough Superior. Tuvo ocho en total. Y no es que Lawrence fuera rico, ni mucho menos. Después de su periplo árabe, en el que terminó llegando a ser Coronel de la RAF, vivió en el más absoluto anonimato. Se volvió a alistar en el ejército como soldado raso, usando nombre falso. Pagó así su personal penitencia por los sentimientos que arrastraba en sus días de fama y gloria. Las buenas amistades con George Brough, fundador de la marca, así como con otros ilustres personajes, le permitía recibir como regalo en algunas ocasiones, un nuevo modelo de Brough Superior. Estas costaban su suelo integro de dos años.  

Murió en su octava moto, haciendo lo que más le gustaba en este terrenal mundo: dar rienda suelta a los 50 y pico caballos de su bicilindrica, dejando deslizar bajo sus ruedas la infinita línea negra de una recta de interminable asfalto.


lawrence de arabia
Imagen: Macadán Libros

Fatalidad

La novena Boanerges estaba ya en fabricación cuando sufrió el accidente que le costó la vida. Se golpeo la cabeza fuertemente contra el suelo, tras esquivar a unos chicos en bici. Recordemos que la protección de la parte más importante de nuestro cuerpo no ha sido obligatoria en nuestro país hasta hace poco más de 27 años. Imaginaros hace 100, cuando su única equipación eran unas polainas y unos pantalones bombachos. Cualquier percance resultaba fatal, al igual que la recuperación de alguna caída, también descrita en el libro. Ponerse a 90 millas por hora (unos 150 km/h), por las carreteras de la época, con las ruedas, frenos y suspensiones de las Superior, debía ser lo más emocionante que se podía hacer en contacto con la tierra.

La Carretera

En uno de sus más famosos relatos, La Carretera, describe con tal pasión esa sensación de velocidad, que si no fuera por la legislación vigente, yo mismo me lanzaría encima de mi actual bicilíndrica a sacarle todo el rendimiento a sus justos 101cv. Pero las leyes, el tráfico y las circunstancias de nuestra sociedad han cambiado tanto en 100 años, que creo que basta con leerlo. Os copio, con permiso del propio T.E. un pequeño fragmento de este relato:  
 
Mientras las carreteras fuesen rectas y estuviesen cubiertas de alquitrán azulado, mientras no tuvieran setos y se hallaran desiertas y secas, yo era feliz. El primer alegre zumbido de Boanerges al volver a la vida, estremecía cada tarde los barracones de la escuela de cadetes, haciéndolos revivir. “Allá va ese cabrón ruidoso”, diría con envidia alguno en cada escuadra. La potencia máxima del motor son 52cv y es un milagro que toda esa dócil fuerza anide escondida en un pequeño puño, al capricho de mi mano. Otra curva más y me honra una de las carreteras más rectas y rápidas de Inglaterra. El borboteo del tubo de escape se desenrolla detrás de mí como una larga cuerda.

Pronto mi velocidad la rompe y solo escucho el aullido del viento, que mi cabeza hiende y divide en dos raudales. El aullido aumenta con la velocidad hasta convertirse en un agudo chillido, mientras la frialdad del aire fluye como dos chorros de agua helada hacia mis ojos. Los cierro hasta que son dos agujas, y fijo la vista 200 yardas delante, en el desierto mosaico de ondulaciones del asfalto. Un vistazo al velocímetro: 78 (Millas/hora, unos 125 km/h). Boanerges está entrando en calor. Acelero a fondo en los cambios de rasante y nos lanzamos en picado por cada pendiente: arriba y abajo, arriba y abajo por la ondulante carretera; la pesada máquina se proyecta como un camión, con un zumbido de neumáticos al despegar en cada ascenso y aterriza dando bandazos, con tal retención, que la cadena me sacude la columna vertebral como un espasmo. 


moto
Imagen: Brough Superior Motorcycles

En un mundo ideal

Hoy en día, Lawrence disfrutaría de los 300cv de una H2R, perdiendo quizás el romanticismo descrito hace casi cien años en sus andanzas con sus Brough. Sus “hijas del trueno” serían más bien “hijas de la cárcel”, en esa constante lucha social contra los peligrosos excesos de velocidad. Hoy en día, el leer las palabras del relato de Thomas Eward Lawrence me devuelven a un bucólico e idealizado sueño de sentir la potencia de la moto que conduces, sea cual sea el momento, sea cual sea la carretera. 

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