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Singular viaje a Marruecos: el final

26 Nov. 19 | 16:00
Imagen: Jesús Gutiérrez
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«Kevin Schwantz y yo chocamos muchas veces, pero casi nunca sin querer« – WAYNE RAINEY
Editor de Motosan.es – Life is Racing
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Cuando prácticamente todo se pone en tu contra, no te queda más remedio que luchar. Pero si  aparece la opción de una retirada a tiempo, la tendríamos que aceptar, como si de una victoria se tratase.

Flaqueza

La mañana del jueves no conseguimos salir de la cama hasta la una de la tarde. Y no fue por pereza. Las continuas visitas al baño, la deshidratación y la debilidad, prácticamente nos dejaba inmovilizados a Miguel y a mí. El tercer superviviente del viaje, Jose, se armaba de paciencia mientras nosotros dos intentábamos recuperarnos. Pero no fue hasta la una de la tarde, cuando en el hotel nos dijeron que no nos podíamos quedar más, ya que tenían todas las habitaciones reservadas para aquel día.

Derrotados
Imagen: Jesús Gutiérrez

Sacando fuerzas de donde no las había, nos preparamos y nos montamos en las motos. En realizar tan simple acción, tardamos más de una hora. Yo era el que peor estaba, ya que el mísero esfuerzo de conducir la moto, suponía un grave problema para mí en aquel estado. La opción de seguir ruta hacia al norte por campo, como teníamos pensado, la teníamos que desechar e intentar avanzar lo posible por carretera, por si el viernes estábamos mejor. Pero en tan solo 20 kilómetros, tenía que parar, completamente derrotado. Repostamos en una gasolinera y en un bar que había en frente, nos sentamos a beber algo. Hubiese dado media moto por un Aquarius en aquel sitio. Pero me tuve que conformar con un vaso de agua mineral y dos azucarillos.

El poco azúcar me hacía aguantar un poco más. Esta vez algo más de 80 kilómetros. Mi cuerpo parecía estabilizarse un poco y en esta siguiente parada, me atreví a tomar un refresco sin gas. Pero con el temor de que saliera de mí el brebaje, con la misma intensidad que me vacié la noche anterior. De nuevo empecé a sentirme algo mejor y seguimos adelante. Habíamos visto que quizás llegáramos a Midelt, así que con más animo y algo más recuperado, pude disfrutar de los paisajes de que la garganta del río Ziz deja al lado de la carretera. Hicimos los 110 kilómetros de esta parte del tirón, llegando a Midelt un poco después de las seis de la tarde. Por primera vez en todo el viaje, terminábamos la jornada de día.

Meta volante

Nos alojamos en un riad a la entrada del pueblo, que ya conocía del año pasado. Buenas instalaciones y buen precio. Ni me lo pensé, entrando en él directamente. Nos recibieron con un té caliente que me tomé poco a poco, mientras descansábamos en el recibidor del hotel. Escribiendo y leyendo estas líneas, sé que suena ridículo el estar agotado después de tan solo 210 kilómetros por carretera. Pero os puedo asegurar que es el mayor esfuerzo que me ha tocado hacer en moto. Lo fácil hubiera sido quedarnos en Erfouz, metidos en la cama y hacer más del tirón al día siguiente. Pero en aquel momento, ya en el hotel, saboreaba el haber avanzado esos pocos kilómetros como la mayor de las victorias.

El riad en Midelt
Imagen: Jesús Gutiérrez

Miguel y yo cenamos una tortilla francesa, mientras Jose se resarcía del ayuno forzoso al que le habíamos sometido durante el día, con una generosa cena. Nos fuimos a dormir a las nueve de la noche, como las gallinas y dormimos del tirón hasta la mañana siguiente. Al menos reparamos fuerzas, pero al intentar desayunar y tener que salir corriendo al baño de nuevo, vi que no estaba todavía listo a hacer ruta por campo. Decidimos de nuevo avanzar por carretera y si durante el día veíamos alguna pista por la que meternos, así lo haríamos. Pero de nuevo el malestar hacía acto de presencia y tan solo me permitía el seguir la cinta negra de asfalto, como un zombie.

Ganas de volver

Aquel día tuvimos un momento de inflexión. Habíamos llegado a Taoririrt, después de algo más de 300 kilómetros. Eran las cinco y media de la tarde y nada más entrar en el pueblo buscamos un sitio donde comer. De nuevo, tortilla francesa. Las ganas de volver se adueñaron de nosotros. Estábamos a solo 130 kilómetros de Melilla pero nuestros billetes de ferry eran para la noche del sábado. En un momento de pura debilidad mental, Miguel comentó que si nos cambiasen los billetes, hacíamos del tirón los kilómetros restantes y nos volvíamos esa misma noche a España. Sin dudarlo dos veces, llamamos a la compañía naviera, quien nos dio todo tipo de facilidades para cambiar los billetes sin coste.

Pinzgauer en una gasolinera
Imagen: Jesús Gutiérrez

Otra vez se nos hacía de noche en la carretera. Salvo una parada para buscar un baño improvisado entre arbustos, llegamos a Nador en plena hora punta del viernes tarde. El tráfico era más que intenso, pero no impidió que las ganas de llegar a hacer el check-in del ferry a tiempo, enredásemos entre los coches como mensajeros. Pasamos la frontera de Beni Ensar y nos vimos invadidos de un orgullo patriótico como pocas veces habíamos sentido. El ser recibidos por nuestra Guardia Civil, simplemente al pedir nuestras identificaciones, ponía fin al pequeño calvario que había supuesto este viaje lleno de complicaciones.

Volveremos

El embarque en el ferry, la ducha, el echarnos a dormir y el amanecer en Málaga a las siete de la mañana, pasó como un suspiro. Aún nos quedaba por hacer el trayecto hasta Granada, donde seguía mi remolque y la furgoneta de Jose, en la casa del los familiares de Óscar. En aquel rato de autovía solo podía agradecer que mi veterana KLX, la BMW X Challenge de Miguel y la Husqvarna 701 de Jose no nos hubieran dado nada de guerra. Nosotros empezamos el viaje con muy poca preparación y casi ninguna planificación. Sin embargo las motos nos dieron perfecto servicio hasta el final del mismo.

Embarque de vuelta en Melilla
Imagen: Jesús Gutiérrez

Y sí, nos quedan ganas de volver, en parte gracias a ellas. Enmendaremos los errores cometidos en esta ocasión y volveremos para finalizar las rutas que se nos quedaron en el tintero y seguir descubriendo el porqué Marruecos engancha.

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