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MOTOSAN | MOTOGP, MOTOCICLISMO Y COMPETICIÓN. "Life is Racing"

¡Aprovechad, malditos!

11 Abr. 20 | 22:00
Foto: Rahul Chandran
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“Es un placer correr con un equipo que prepara las motos a conciencia“ Víctor Palomo
Editor de Motosan.es – Life is Racing
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Vista la evolución de todo lo que tiene que ver con el mundo motero como regulaciones, tecnología, medio ambiente o presión social, sólo nos queda tratar de gozar lo poco bueno que aún queda que es cada vez menos. Así que estáis advertidos, ¡aprovechad y disfrutad, malditos!

El motero “de alma” y apasionado está en un cruce de caminos: si echa la vista atrás, ve todo lo que ha vivido y disfrutado. Pero si echa la vista hacia delante y ve lo que está ya llegando, no cabe la menor duda: en lo que al mundo de la moto de calle se refiere, lo bueno ya ha pasado y todo lo que llegará será peor. Sin ninguna duda.

Raúl Romojaro, periodista del motor, ya lo escribió el otro día en su columna de El País, titulada “Ocaso motero”. Hablaba del ocaso de la moto como vehículo lúdico: “El placer, la diversión y las sensaciones que ofrece (la moto) atrae cada vez menos a los jóvenes“. Incluso constataba algo que es una realidad. Cada vez que vamos a salidas de moto, a concentraciones o a eventos moteros que no sean estrictamente MotoGP, la edad media de los motoristas es alta… más de 40 años.

Y Raúl tiene razón. Los jóvenes que se van incorporando a la moto son cada vez menos. Muchos menos.  El precio de las motos, las mayores limitaciones o la siniestralidad echan atrás a muchos jóvenes. Al fin y al cabo, tienen alternativas: no sólo el transporte público, también el “carsharing“, el “motosharing“, aplicaciones como “Blablacar” o “Amovens” resuelven gran parte de sus necesidades de transporte y, además, el mercado de los coches proporciona muy buenas opciones. Hoy en día, te puedes comprar un Seat Ibiza o similar a partir de 11.000 o 12.000€. El mismo precio que una Triumph Street Triple naked de 765cc o apenas unos pocos cientos de euros más que una Kawasaki Z900 o una Honda CBR 650. Raúl terminaba con un lamento, que desde luego compartimos con él sin duda, un “panorama poco esperanzador para la industria motociclista“.

Una moto…¿para qué?

En estas condiciones, ¿quién quiere sacarse el A1, luego el A2 y finalmente el A? ¿Quién quiere invertir en una moto A2, que ya cuesta entre 5.000 y 6.000€ y que luego habrá que cambiar? ¿Quién quiere tener en su garaje un coche y una moto? Con la que está cayendo, además…

En estos últimos años, el sector de la moto se ha mantenido gracias al scooter de 125cc… el de carnet B+3. En España está siendo el 60% de las ventas desde hace ya varios años. Pero este público no llega a la moto por la parte lúdica. No hay pasión ni emoción. Hay una moto económica y sencilla que resuelve un problema de movilidad. Y punto. Ese nuevo comprador invierte lo justo en equipamiento, apenas recurre a la industria del complemento, deja poco margen y beneficio a talleres y tiendas de motos.

Lo que viene…

Así que si sigue esta tendencia, vienen nubarrones para la moto. El motor de este negocio es la pasión, los sentimientos y el orgullo de pertenecer a un grupo que hace las cosas de forma diferente, que aspira a un poco más de libertad y al disfrute. Pero el “gozo motero” está cada vez más limitado, más acotado y más minimizado.

El futuro de la industria de la moto no invita al optimismo. Los fabricantes emprendieron una huida por ser los más veloces, los más tecnológicos o los más sofisticados. Consecuencia: motos más caras, menos humanas… y desapasionadas. En la medida que una moto se vaya acercando a ser un “ordenador con ruedas“, o  a un “electrodoméstico con ruedas“, caso de las eléctricas, menos pasión y sentimiento generarán. Y pido disculpas por la comparación, quizás algo radical.

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Foto harley-davidson.com. Harley Davidson eléctrica. El futuro ya está aquí.

No es un tema de nostalgia o de “batallitas del abuelo cebolleta“. Es la triste constatación de una realidad. Llegan las motos eléctricas, conectadas, y compartidas y también las regulaciones impuestas por políticos que actúan de cara a la galería. Regulaciones cada vez más estrictas y  amenazando ya con coartar las libertades individuales más básicas.

Y además, con un entorno cada vez más intrusivo:expertos” en seguridad vial proclamando a los cuatro vientos lo que aprendieron en un curso de pocas semanas y dando lecciones a los moteros de siempre de lo que deben y no deben hacer como por ejemplo, ponerse el mono de cuero para ir a comprar el pan a la esquina. También expertos” en foros y RRSS que reparten consejos e informaciones a diestro y siniestro, la mayoría alejadas de la realidad y finalmente, gobiernos incapaces de separar lo fácil de lo conveniente o lo justo de lo injusto.  Regulando a lo fácil: “café para todos” y que paguen justos por pecadores. Un caldo de cultivo que lleva a la moto pasional y ludica por el camino más complicado posible.

Y en esta situación, llegan las nuevas generaciones de moteros que se hacen motoristas por conveniencia. Unos por movilidad y sostenibilidad, otros por “postureo“. Porque queda guay tener una moto. Eso sí, con casco, gafas, foulard, chaqueta y pantalón de diseño y a juego con la moto, con símbolos de una época que no vivieron, que no sienten y que además les da igual excepto para subir las fotos a las RRSS. Pero las motivaciones de compra de una moto por pasión, por amor a un estilo de vida, por tener algo más de libertad para circular o para vivir sensaciones diferentes a las que da el coche… esas motivaciones hoy día son casi anecdóticas.

El motero

Antes, la palabra moteros definía a un conjunto de personas que sentían pasión por la moto, que vivían la cultura de la moto y, en general, además, desde pequeños. Y que tenían determinados valores de compañerismo o amistad. La moto era un sueño que se tenía con pocos años de edad y finalmente se accedía a la primera moto… y luego a la segunda y a la tercera y así se producía una estrecha relación con la moto y todo lo que la rodea.

Finalmente, comprar y usar una moto incluía una responsabilidad consigo mismo: había que aprender a usarla lo mejor posible y ese aprendizaje era el que nos iba a librar de la mayoría de los riesgos. El motero sabía que era su responsabilidad, no de terceros. No necesitaba que ningún político viniese a decirle que la moto era peligrosa por naturaleza. Lo sabía.

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Foto mauro paillex. Moto ochentera y viajera, pasándolo bien.

El motero de “toda la vida” es el que aprendió a conocer y dominar su moto, la conduce con un nivel de habilidad notable (mucho mejor que los neo moteros), es también el que aprendió a desarrollar la sensibilidad necesaria para entender y comprender las reacciones de su moto, el que ya conoce los peligros que representa la circulación entre coches y en carreteras faltas de mantenimiento, el que sabe ponerse la ropa adecuada al uso que le va a dar a la moto, el que aunque ruede sólo, sabe que será ayudado o ayudará en caso de necesidad, el que disfruta encima de la moto haciendo kilómetros (cuantos más mejor) aunque llueva, haga frío o viento

Ese motero, hoy día, ya empieza a ser mal visto: no le gustan las motos eléctricas (el futuro de la moto), en verano conduce la moto con camiseta y zapatillas, de vez en cuando se pega el gustazo de pasarlo bien en un puerto de montaña, se mancha las manos de grasa en su moto, no está de acuerdo con algunas de las nuevas regulaciones, no usa las apps de motos y sobre todo, tiene opinión propia y sabe lo que quiere y necesita. Pero claro, también va cumpliendo años. Ese motero ya está en el “punto de mira” de la “nueva sociedad motera“: es el rebelde que se resiste a aceptar determinadas bobadas convertidas en “hashtags”, en normas o incluso en leyes. Es el maldito motero, que parece no acaba de adaptarse al nuevo orden motero.

Porque los moteros de ahora son bien diferentes. Ahora se llama  motero a un honesto repartidor de comida a domicilio, a un “cochero” que se ha comparado un scooter para ir a trabajar o un “millenial” que se ha comprado una moto inglesa o americana para aparentar los fines de semana algo que no es.  Son moteros, tan respetables como cualquier otro, porque van en moto y se gastan el dinero en “productos moteros. Pero no movilizan sentimientos, pasiones ni emociones. No viven la moto como una cultura o como un estilo de vida.

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foto Alex Ware

Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta

Comprarse una moto movido por la pasión significa que tienes interés en conocer cómo es tu moto, que tienes interés y ganas en realizar determinadas labores de mantenimiento, cuidado o personalización y finalmente que tienes interés en conocerla a fondo y saber cuáles son sus puntos fuertes y débiles. En definitiva, conocerla a fondo porque vas a pasar muchas horas con ellas, especialmente en los viajes, que  es donde más se disfruta una moto. Muchas más que con el coche y también de una forma diferente: la moto es un vehículo lúdico y pasional mientras que el coche es un vehículo práctico y más orientado al transporte. Ese es el credo motero.

Robert. M. Pirsig ya lo anunciaba en 1974 en su libro Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta: “pasando las vacaciones en moto, se ven las cosas de un modo totalmente distinto a cualquier otro. En un coche se está siempre en un compartimento, y como estamos acostumbrados a ello no nos damos cuenta de que todo lo que vemos a través de esa ventanilla de coche es tan sólo más televisión. Somos observadores pasivos y todo se mueve, monótonamente, junto a nosotros dentro de un marco. En una moto, el marco desaparece. Uno está completamente en contacto con todo. Estamos en el escenario, y no sólo contemplándolo, y la sensación de presencia es abusadora“.

En un concesionario de motos se viven situaciones que reflejan perfectamente este hecho. Dueños de motos completamente desinteresados en la mecánica: “cámbiame el aceite, cámbiame los neumáticos“. Nula sensibilidad para detectar unas presiones bajas, unos amortiguadores acabados, una frenada algo deficiente o cierta oscilación derivada de un rodamiento de dirección en mal estado, por citar algunos ejemplos. Y ningún interés por comprobar el nivel del refrigerante, el aceite o el tensado de la cadena. Es decir; un comportamiento 100% cochero y totalmente desapasionado. No es una crítica, es un hecho.

El motero de hoy pide motos más sofisticadas, más potentes pero al mismo tiempo, exige electrónica que le permita pilotar con seguridad: abs, antiwheelies, controles de tracción y aceleración, suspensiones electrónicas, mapeos diferentes. Hoy día se piden facilidades, cuantas más, mejor: ayudas a la conducción y sistemas que minimicen los errores. Se responsabiliza en la tecnología el control de la motocicleta y consecuentemente, los neo moteros pierden la capacidad de aprendizaje, pierden el dominio de la moto y finalmente, se pierde confianza. Y al tiempo que se pierde todo esto, sube la siniestralidad. ¿Casualidad?

Una moto no es un coche

Cuando uno se compra una moto es porque va a hacer cosas diferentes que con un coche. La dinámica de movimientos de una moto y su presencia física le da a la moto mucha más rapidez y agilidad que un coche. Y por esta razón puede hacer cosas diferentes. No peores ni mejores, simplemente diferentes.

Una moto normal (de menos de 90cv) puede realizar adelantamientos mucho más rápido que un coche. Y puede hacer maniobras que los coches no pueden hacer. Con seguridad. Sin embargo, ahora se castiga el comportamiento de una moto si no realiza las maniobras de la misma forma que los coches. Se nos pide a los moteros que circulemos como los coches. Que asumamos sus inconvenientes y no aprovechemos las ventajas de ir en moto. 

Es aceptable y necesario que el código de circulación sea el mismo para todos, pero podría haber cierta flexibilidad en la interpretación del mismo para las motos, que al fin y al cabo, no sólo porque las motos tienen una dinámica diferente de los coches, también porque contribuyen a que haya menos contaminación y menos atascos. Y maniobras que son peligrosas para los coches, no lo son para las motos.

Why we ride

Para ilustrar lo que significa sentir pasión por la moto, os invitamos a ver el documental Why We Ride. Es sólo un ejemplo. Rodado en los USA en 2013, tiene una  duración de hora y media. Entre otros aparecen pilotos como Kenny Roberts (impagable con su sombrero de paja), Don Emde, Mert Lawill, Jason Disalvo o Josh Hayes. También Troy Lee (el de los cascos) o Arlen Ness (el de los monos), y finalmente, Alonzo Bodden o Valerie Thompson entre muchos otros. Todos explican su amor por las motos y ayuda a entender como esto de ser motero es un veneno que entra de pequeño y porque es un generador de sueños y de amistades. Un modo de vida diferente en gente completamente normal.

Si, completamente normal, no vaya a ser que se nos olvide este punto. No locos ni tipos anti-sistema. Pero ese veneno ya tiene su antídoto: es un preparado compuesto por leyes, normas, tecnología, “expertos” y RRSS que evitan o minimizan los efectos nocivos del veneno. En todo caso, es un modo de vida que estamos perdiendo irremediablemente. Los “malditos” están viendo cómo poco a poco el mito del “espíritu motero”  va cambiando, menguando… o lo que es peor, envejeciendo.  Pero aún así, vamos a disfrutarlo. Lo que nos dejen.

Así que, ¡aprovechad, malditos! Aprovechad lo que queda.

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